Laberinto en un mar de sonidos

José M. Valverde López 4040

Un sábado en la mañana, decidí ir a desayunar al mercado de Coyoacán. Era un día tranquilo, había poca gente y apenas había coches. Mi recorrido fue corto, sólo caminé 15 minutos. Al llegar se veía como siempre lo he visto, con la misma imagen del gran letrero en lo alto y un edificio de una planta, lleno de puertas, de un tamaño que a simple vista no podrías saberlo.

Entre por la primera puerta abierta que vi. No había nadie en esa parte, como si todavía no abrieran las tiendas de la zona. Al entrar, asumes a primera vista, que más adelante seguirán habiendo los mismos pasillos sucios y solitarios, formando un laberinto. Y sí, el lugar es como un laberinto. Tomé la primera opción que tenía para dar vuelta, y comenzó el ruido. Es lo primero que captan tus sentidos al entrar. Antes de que puedas ver algo, ya sabes la cantidad de cosas que puede haber ahí adentro, sólo con escuchar.

Desde el momento en el que entré, ya había personas que apreciaban mi presencia, en el sentido de que me ofrecían algo que quisiera comprar o con un simple “buenos días”. Te sentías como alguien más en el montón, ya que había tanta gente que sólo podías conocer al que tuvieras al lado. Yo iba solo, sabiendo que otras 20 personas estaban igual, pero no con los mismos objetivos. Había tanta variedad de cosas que yo parecía el único que se dirigía a las tostadas para desayunar.

El mercado era enorme. Caminabas y caminabas y no sabías si estabas en la mitad del edificio o si habías vuelto a la entrada. No tenía forma ni sentido. Los pasillos eran estrechos y luego anchos, veías un puesto de frutas, al lado uno de carnes, al lado uno de disfraces y al lado otro puesto de frutas. Si no encontrabas algo en una tienda, cinco después, lo encontrabas, y si no, posteriormente lo ibas a encontrar.

Desde un principio, en todo ese pequeño mar de gente, podías notar las diferencias y similitudes entre ellos. Me impresionaba como había personas que tenían que internase en los pasillos del laberinto todos los días, no para ir sólo a desayunar como yo, sino para vivir de ahí. Lo que veía del lugar con gran admiración; la cantidad de puertas, los pasillos, el ruido, la gente, la variedad de productos; toda la gente lo veía todos los días. Lo veía como yo veo a la rutina de ir a la escuela.

Las personas se ganaban la vida de diferente manera. Podrían estar vendiendo fruta, piñatas, helados, etc. Y lo hacían desde personas viejas, hasta niños pequeños, a los cuales dolía verlos y saber que esa era la forma en la que se ganaban la vida. Lo vi más claro cuando se acercaron dos pequeños a venderme pulseras, y aunque les dije que no estaba interesado, me suplicaron que les diera una moneda. Me dolía ver las tiendas de disfraces donde yo me la pasaba de chico, y que en esas mismas tiendas estaban trabajando niños menores que yo, sin poder disfrutar de ellos.

Finalmente terminé mi recorrido, después de encerrarme en el laberinto en el mar de los sonidos, en el cual la gente se internaba a diario, y yo había pasado a desayunar.

Compártenos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *