El Mercado.

Lía Speckman.

He caminado sin rumbo, adivinando que este lugar carece de sentido alguno, que las palabras derecha o izquierda no están dentro de su vocabulario. Repito los pasillos sin antes haberlos conocido. Después de aceptar que estaba perdida y que no había manera de encontrarme empecé a existir en el orden del desorden del mercado de Coyoacán, si es que existía tal cosa. Algunas veces eran las cosas las que me hacía caminar, otras los olores, algunas los ruidos y varias ocasiones las personas. Estaba completamente atraída a este infinito encerrado en una caja de paredes de ladrillos desteñidos y grafiteados, de techo de lámina gris que despreciaba desde lo alto la belleza del color y alegría de los puestos, y, con envidia, los castigaba con escasos rayos de luz permitiendo que la penumbra comiera apresurada lo que los ojos saborearían en cada bocado.

Mis primeros pasos eran inseguros, ante la mirada de cada vendedor pedía permiso para avanzar entre sus pasillos, me sabía aceptada cuando alguno me trataba de meter un pedazo de chicharrón a la boca o alguna blusa de rosa fosforescente con brillos medio despegados por la cabeza, entonces, avanzaba al siguiente puesto, repitiendo mi mirada dudosa.

En este mercado el tiempo no existía, los objetos y las personas lo desafiaban, estaban ahí quietos, sin moverse, no eran las horas ni la rapidez de los segundos lo que los paraba de sus bancos de plástico desgastados, era la esperanza que cada comprador cargaba en su bolsa vacía y billetera llena. Era la sed y el desprecio a sus propios productos los que entonaban los himnos de cada puesto. Los vendedores los desgarraban con su voz sabiendo que ellos mismos eran esa palabra, esa frase. Todos ellos juntos eran una misma melodía, una música eterna que se entrelazaba con el tintineo de los cubiertos de la gente que iba en búsqueda de comida, con los ganchos de la ropa que chocaban armónicamente piropeando a las chicas que pasan frente suyo, con las bolsas de plástico que bailaban al ritmo de los pasos de su portador. El mercado no conocía entonces ni el tiempo ni el silencio, y uno, que corría como sangre por sus venas, olvidaba que alguna vez habían existido.

Después de varias veces de pasar por el mismo puesto, empezaba a reconocerlo, a diferenciarlo del resto, a aceptar su autenticidad. Podía saber que algunos puestos de dulces tenían moscas sobre las frutas caramelizadas y que otros a parte de las moscas, tenían a una señora que batallaba todo el día y arduamente contra ellas con el periódico que iba leyendo a medias. Podía ver que los puestos de ropa se podían distinguir por los maniquís, por los que tenían una peluca sucia y despeinada, y los otros que lucían su calva muy orgullosamente. Estaban también los puestos de comida, aquellos que tenían sus carteles sin acentos y otros que desconocían por completo las letras “H” y “C”.

Poco a poco me fui engañando al pensar que el mercado se había hecho mío sin saber que era realmente al revés.

También empecé a reconocer a las personas, por sus puestos ya no pasaba como extraña sino como amiga, empezaba a ver que la viejita de aquel pasillo tenía dos o tres canas menos que la de aquel otro. Que la chava de ahí tenía un hijo menos que la de allá. Que el señor de por acá tenía un tatuaje borroso y que el de por allá lo tenía en cambio recién hecho. Que el niño de por allí jugaba con un coche rojo, y el de dos pasillos más jugaba con uno azul.

Fue entonces que vi que todos formaban parte de uno mismo, que el mercado no era la estructura, ni el cartel de afuera que lo asignaba como tal. El mercado eran todos ellos, era la forma en la que acomodaban los dulces con chile en un lado y los chicles de otro, los que ponían casi de manera artística la cabeza de los cerdos en la puerta de su local, los que te podían vender una flor con olor a carne y un taco perfumado a margarita. Ellos dictaban sobre este infinito, lo atraían a sus manos y moldeaban sus olores, sonidos y colores. Era por esto que me sentía una intrusa pues yo no entendía el mercado ni iba a poder hacerlo, podía reconocer las cosas pero su esencia no iba a poder tenerla. La esencia era de aquellos que pasan su vida en ese mundo, de los niños que juegan en su futuro trabajo y asilo. De los que no conocen un mundo más allá de este.

Supuse que ya llevaba bastante tiempo parada en la puerta cuando los comerciantes dejaron de hacer esfuerzo alguno por venderme cosas. Primero me miraron raro, luego me ignoraron, pero yo los seguía viendo, a ellos y a sus productos. Trataba de recordar cada aspecto de este. Me daba el miedo el ruido incontrolable y el silencio tendido que me esperaba afuera, quería seguir escuchando cómo el mercado me hablaba. Me daban miedo los olores de afuera, también las personas desconocidas que me iba a encontrar en la calle. La luz que iba a cegar mis ojos y el viento que iba a secar mi sudor y borraría mis recuerdos de la cabeza. Pero lo que más me aterraba era salir y darme cuenta que para el mercado yo seguía siendo ajena, que pertenecía al otro mundo, el de afuera.

A pesar de este miedo, cuando salí, respiré hondo y me alegré de al final no haber cedido a la eternidad de ese lugar.

 
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